BREVE HISTORIA DE UNA TRANSICIÓN ENTRE DOS REGÍMENES MONETARIOS EN COSTA RICA: DEL CRAWLIN PEW A LAS METAS DE INFLACIÓN. EL PAPEL HISTÓRICO DEL BCCR EN LA DISTRIBUCIÓN DEL INGRESO

ISADORE NABI

Los bancos centrales, en su abrumadora generalidad, históricamente han propiciado una economía de “mercado”, lo han hecho, lo siguen haciendo y lo seguirán haciendo hasta el último de sus días de existencia institucional. La moderación, es decir, el establecimiento de límites prudenciales a la sieempre insaciable sed de ganancia de los capitales viene de la mano con el hecho de no propiciar rentas explícitas derivadas de políticas específicas, puesto que precisamente lo contrario viola la libertad de mercado que desde el pensamiento político de derechas se dice defender.

La tesis que rige al banco es que esta institución no tiene por qué ayudarle a un grupo específico a generar ganancias en detrimento de otros (redistribuir el ingreso en detrimento de los más desfavorecidos). El BCCR tiene claro que ninguna política es neutral por su misma definición, lo que el BCCR no desea es ser señalado por reasignar riqueza, pero si se dejan las cosas “al mercado” sería “diferente”, pues el mercado será “el encargado” de reasignar la riqueza. De alguna forma, esto libera a todos los empleados del BCCR del cargo de conciencia que podría generar esta situación, es decir, “ellos no son culpables, el culpable es el mercado” y así todos pueden dormir tranquilos. Ahora, en medio de todo, al menos el BCCR está cumpliendo la meta de inflación establecida, la cual sin entrar en detalles de sus posibles implicaciones para el crecimiento cuando no se cumple determinado conjunto de condiciones (o de las implicaciones prácticas de emplear marcos teóricos defectuosos en las políticas públicas), permite que esa especie de impuesto silencioso y altamente regresivo del cual sólo los capitalistas pueden protegerse mediante diversos mecanismos económico-institucionales (la inflación) se mantenga a raya. Con el paso del tiempo y el desmejoramiento de la calidad de vida de la sociedad costarricense, el banco se vio frente a un camino que se bifurcaba en 2 senderos:

1) Crawling peg (tipo de cambio fijo ajustable). Mantener una competitividad y rentabilidad artificial a los exportadores, con la esperanza de que estos generaran producción, exportaciones y empleo, pero esa política cambiaria era altamente inflacionaria y la competitividad de los exportadores se hizo esperar más de lo deseado (de hecho, se sigue esperando).

2) Dejar el tipo de cambio a las fuerzas del mercado que, en el caso de Costa Rica, debido al ingreso de capitales ha generado alguna apreciación real (por supuesto, no mucha, como se puede ver en la evolución histórica del tipo de cambio nominal). Lo cual perjudica a los exportadores (por ello hay alto desempleo), pero que permite controlar la inflación (inflación baja que ya no erosiona los ingresos de la clase baja).

El Banco Central de Costa Rica optó por lo segundo y eso le valió en su momento críticas y presiones del sector empresarial exportador a través de sus organizaciones políticas-empresariales (CADEXCO, UCCAEP, etc.), sin que estas reclamaciones encontrasen contrapeso manifiesto en el sector de la sociedad interesado en que no se realizara esta distribución del ingreso vía política monetaria a través del Banco Central, el contrapeso de alguna “poderosa organización que defiende los interese de los pobres”, puesto que en el país estas organizaciones no cuentan con la robustez y peso político suficiente para ser un contrapeso político real a las organizaciones político-empresariales antes mencionadas.

La implementación del crawling peg fue idea del célebre economista costarricense Eduardo Lizano con la intención de ser transitoria, porque él tenía claro que constituía un “subsidio” cambiario que debería servir de impulso “inicial” para que la competitividad del sector exportador despegara. Pero como con todo subsidio, los grupos de interés económico o, como los llama el secretario general de la OCDE, “los poderes fácticos”, trataron y lograron, por 28 años, mantener ese subsidio cambiario.

Hasta que el banco, por idea de su economista jefe de ese momento (Roger Madrigal), les retiró ese subsidio. Por supuesto, los lamentos públicos no se hicieron esperar, pero más allá de su universo de lamentos, también han realizado críticas públicas al BCCR (lo cual es saludable para la democracia) en múltiples ocasiones, puesto que incluso hubo empresas que quebraron tras el retiro del subsidio cambiario. La verdad es que, sin ese subsidio que producía inercia inflacionaria (a causa del incremento de costos, es decir, es inflación por costos -este fenómeno es aquel conocido como pass through o coeficiente de traspaso del tipo de cambio a la inflación-), no eran empresas rentables. O sea que el banco mantenía un tipo de cambio que les propiciaba rentas a esos grupos, pero generaban inercia inflacionaria que, como ya se dijo, es un impuesto del que los pobres no pueden defenderse.

El crawling peg, como lo concibió Lizano (como un “impulso inicial”) pareció (y quizás sigue pareciendo) una buena idea, pero a largo plazo producía inflación inercial, puesto que como los ineficientes exportadores querían que fuera de por vida y lucharon políticamente por ello a través de presiones políticas a las instituciones a través de las organizaciones antes mencionadas, consiguiendo que el subsidio se perpetuase por décadas hasta que finalmente se retiró cuando se decidió adoptar el régimen de metas de inflación.

Evidentemente duele perder las ganancias fáciles sin esfuerzo y sin hacer nada para ser más competitivos, contraatacan con cierres y despidos y dicen que es por culpa de las políticas del BCCR, sin embargo, el banco no es enemigo de los exportadores, pero no debe subsidiar la falta de competitividad y menos debe reasignar riqueza de los pobres a los exportadores para hacerlos verse aparentemente más competitivos. Incluso el economista José Ángel Gurría, quien fue por quince años secretario general de la OCDE, dijo en reiteradas ocasiones que, en esencia, la pérdida de competitividad no es por la política cambiaria, sino por la falta de competencia (la protección a los arroceros, a los monopolios de productos de exportación, etc.), es decir, por la falta de capacidad competitiva de los productores locales. Por supuesto, no por ello algunas ventajas cambiarias no son útiles como impulso inicial empleadas con moderación y prudencia, como se planeó inicialmente.

Ahora, mediante las metas de inflación, el Banco Central ha pasado a jugar un papel pasivo en la distribución del ingreso. Por supuesto, aunque pasivo no por ello menos relevante, como puede verificarse en https://marxianstatistics.com/2021/06/02/escenarios-en-que-las-metas-de-inflacion-limitan-el-crecimiento-economico-un-analisis-desde-el-marco-teorico-y-logico-de-la-sintesis-neoclasica/.

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